Relato del accidente en el Pico de Orizaba-Francisco Javier Alatorre Martínez

30.11.2012 22:35

Nora Isabel Granja M.

Gupo Colli.

¿Y tú, en cuál lista hubieras terminado?

Cumbres y ascensos por aquí y por allá.  Confraternidades Montañistas.  Cientos de horas de vida invertidas en ver gloriosos amaneceres donde el sol brilla por encima de las nubes.  Son más de 45 años de vida en la montaña. 

 

Don Francisco Javier Alatorre Martínez, conocido por sus amigos más cercanos como el “Pancho Alatorre”. Figura de respeto y autoridad moral para muchos que soñamos ver aunque sea por una vez todo aquello con lo que él ha llenado sus ojos. 

 

Una excursión más.  Era una simple salida al Citlaltépetl.  Llegaron los amigos de Monterrey  y se instalaron todos juntos en el refugio de Piedra Grande.  1:30 am, hora de levantarse porque una cumbre más les espera.  Comienzan los hombres a caminar, con esa mezcla de agradecimiento y respeto que se les debe a las montañas.   El glaciar ya no es el de antes, hay ríos de hielo peligrosos y traicioneros formados por la nieve derretida a causa del calentamiento global.  Trampas mortales seguras para quienes caen en sus fauces, como lo demuestran  las cruces con nombres de hermanos caídos en la búsqueda de la cumbre más alta de México. 

 

Finalmente la cumbre los besa y los recibe.  Todo bien.  Un ascenso difícil y maravilloso y ahora comienza la bajada con los primeros rayos del sol.  Todo va bien y los crampones se entierran con dificultad en las partes donde el hielo va dejando sus huellas.  Bajo el peso de Francisco, una rampa congelada se desquebraja al sentir las puntas del crampón que lo atraviesa.  En un instante, el “Pacho Alatorre” comienza a resbalar por la pendiente como si fuera un proyectil que  no puede ser detenido.  El entrenamiento le salva la vida.  Con un reflejo instantáneo y en medio de la caída, Francisco da un giro de gato hasta tomar la posición de paracaidista levantando los pies para evitar salir catapultado en el tobogán y encontrar una muerte segura.  No hay tiempo para improvisar.  2 intentos de frenado con el piolet no logran detener su vertiginoso vuelo de casi 60 kms/hora (58 kms/hr que registro su GPS) y en un movimiento casi instintivo voltea el piolet para tratar de frenar el vuelo de la caída intentando enterrar el pico del piolet en el hielo. Los trozos de hielo picado como chispas causadas por la fricción caen sobre su rostro impidiéndole ver nada.  No se detiene pero con la única certeza de que estás decidido a no entregar tu vida tan fácilmente, levanta nuevamente el piolet girándolo por la parte de la pala hacia la pared comienza a dejarlo caer junto con el peso de su cuerpo para intentar hundirla en el hielo con todas sus fuerzas al tiempo que sabe que está unido a su cuerpo mediante su arnés de asiento que se convirtió en salvavidas y va sintiendo cómo la velocidad de caída baja poco a poco.   El milagro ocurre y a tan solo 80 metros de reventar su cuerpo contra las rocas se detiene.

Allí está, respirando tirado en medio de la nieve y después de dar las gracias por haber vuelto a nacer, es hora de evaluar los daños.  Tobillo derecho fracturado, su pierna fuera de la posición y forma natural que hay que reacomodar sin muchos miramientos.  Las primeras medidas de auxilio tendrán que venir de ti mismo porque los compañeros tardarán casi un hora en poder descender hasta donde te encuentras. La bota se convierte en férula.  La combinación y cantidades de capas de ropa adecuada protegen del frio extremo y los vientos helados. Un toldo de supervivencia que viajó cien veces en esa mochila de ataque finalmente cumplió con su cometido.  Medicamentos suficientes para tratar el dolor, agua, alimentos, y luces de emergencia le aseguraban tranquilidad para que después de haber sido instalado en un sitio protegido de las corrientes de aire más agresivas y los rayos del sol, el resto del equipo fueran a solicitar ayuda.  Nos esperan más de 12 horas de espera para que comiencen a llegar los cuerpos de rescate.

 

“-¿Y no sentía miedo de estar allí solo, herido, a más de 5,000 metros de altura?”-

-Nunca estuve solo.  Estuve con mis pensamientos y con las memorias agradables de mi abuela mientras llegaban los brigadas de emergencia…-

 

Rescatar a un herido en la montaña es una labor titánica.  Poner en riesgo tu vida para buscar al compañero caído es un mérito que pocos pueden lograr.  Hilario Águila encabezó el contingente y las maniobras del rescate de Francisco Alatorre.  Amarres lentos y sistema de polipastos para asegurar el descenso exitoso de una camilla especial propia para rescate de montaña que enrosca el cuerpo ahora indefenso y totalmente atajado.  Pasos a brinquitos sobre hombros en los tramos de las pedregueras.  Muchos para ayudar, muchos solo para salir en la foto.  Cómo sea, finalmente Francisco llega hasta  la ambulancia que lo espera para brindarle los auxilios necesarios y el traslado a un hospital.  Por otro frente, otro equipo de valientes lucha por rescatar a otro montañista extranjero que no corrió con la misma suerte y el Pico de Orizaba le cobró la vida.  En el transcurso de esa semana y de las 2 semanas anteriores se registraron 4 accidentes de montañistas, 3 de ellos mortales.   El entrenamiento adecuado, el equipo bien colocado y el kit de emergencia completo marco la diferencia para nuestro respetado compañero… ¿Si tú hubieras estado en su lugar, en cuál de las estadísticas habrías terminado?

 

Las montañas merecen respeto y admiración y siempre harán lo que tengan que hacer para recordárnoslo.

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